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Visita a Baelo Claudia de los alumnos de Latín. Imprimir

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El pasado jueves 19 de abril de 2018, los alumnos que cursan la asignatura de Latin (4ºB, 4ºC, 1ºBach.C y 1º Bach. D) acompañados por los profesores Maria José Cabezas, Fabián Jiménez e Inmaculada García viajaron a la ciudad romana de Baelo Claudia (Tarifa). Allí asistieron, en el mismo teatro romano en el que disfrutaron los habitantes de dicha ciudad hace más de 2000 años, a la puesta en escena de una obra del poeta trágico griego, Esquilo titulada "Las eumenides".
A continuación realizaron una visita guiada a través de las principales partes de la ciudad que se conservan: el foro, los templos de la Triada Capitolina, el Decumanus Maximus, las Termas, etc.

 

Baelo Claudia, donde tomó vida la palabra.


Uno de los mayores desafíos al que todo docente debe enfrentarse es el cómo hacer llegar a sus alumnos el valor y el significado profundo de los conocimientos que intenta transmitir. Para tal empresa, a pesar de todos los recursos tecnológicos y materiales disponibles hoy en día, en última instancia solo contamos con una verdadera herramienta: la palabra. Una palabra que si está desprovista de emoción nace muerta, marchita como una hoja arrastrada por el viento, y que sin embargo, si se carga con el sentimiento, por la pasión transmitida en la mirada de un profesor se convierte en semilla, de la que algún día brotarán árboles y flores que darán su fruto o engendrarán la dulce miel del conocimiento.

Así, el mayor reto de todo profesor es hacer vivir la palabra, y para ello no es suficiente la magia que cada día realizamos entre las cuatro paredes de un aula, es indispensable salir, abrirse al mundo, para comprender, para entenderlo, para ocupar en él nuestro sitio en la cadena eterna que nos une a los clásicos, a aquellos que muchos siglos atrás iluminaron a la humanidad con la luz de la sabiduría, y de la que todos somos deudores y herederos.

Cualquier alumno de geografía ha estudiado la definición de “duna”, la importancia de la energía eólica, los problemas del impacto ambiental, puede citar de memoria especies animales y vegetales del bosque mediterráneo o ubicar el estrecho de Gibraltar en un mapa. Pero todos esos conocimientos están desprovistos de emoción, de recuerdos, de vivencias, en definitiva de significado. En cambio, estoy seguro de que todos los que tuvieron la oportunidad de contemplar el peñón de Gibraltar y vislumbrar África a apenas unos palmos de distancia no podrán olvidar esa lección que de otra manera se habría perdido entre los montones de apuntes polvorientos. “¡Nunca imaginé que estuviera tan cerca! ¡Maestra! ¿Aquí es donde dicen que terminaba el mundo?” Y así, con esa pregunta animaban a traer desde los confines del tiempo el recuerdo de un mito que forma parte de nuestra identidad más profunda, el de Hércules, como héroe civilizador que en su búsqueda de las manzanas de oro (que resultaron ser naranjas) del Jardín de las Hespérides separó los dos continentes y se convirtió en el emblema de nuestra tierra. ¿Cómo se puede comparar aprender la definición de una duna a la sensación de trepar por ella? ¿Cómo olvidar ese pelo agitado por el viento, esa sensación de libertad y no preguntarse el por qué de ese lugar en el que confluyen el Atlántico y el Mediterráneo?

En Baelo Claudia los profesores no se sentían forzados a explicar sino que éramos aguijoneados por las más diversas preguntas, tantas que a veces no tenían respuesta y nos obligaban a nosotros mismos a investigar, a aprender, y en definitiva a mejorar. El cardo y el decumano tenían sentido cuando paseabas por ellos e imaginabas las casas y los edificios que se levantaban a tu alrededor. Imaginabas ese foro romano repleto de gentes hablando en esa lengua que en clase parece tan muerta y lejana, y que sin embargo, allí resonaba entre los gritos de mercaderes y esclavos, los cuchicheos de las matronas o las carcajadas de los jóvenes dispuestos a entrar en las termas mientras bromeaban. Allí todo cobraba sentido, era comprensible, era cercano. El “ellos” y el “nosotros” confluían en uno solo, como si el tiempo no hubiera pasado. Algunas costumbres nos sorprendían, otras nos repugnaban, pero ninguna nos dejaba indiferentes.

No es lo mismo estudiar la Historia que vivir la Historia y sentirse parte de ella, como no es lo mismo escuchar palabras que verlas cobrar forma. Pero hay algunas cosas que son aún más difíciles de explicar con palabras, cosas profundas que apuntan a lo más recóndito de nosotros mismos, a lo que nos hace humanos, a lo más hondo de nuestras entrañas, como el dolor o el amor, el deseo o el sufrimiento, como el odio o el anhelo. Sentimientos que casi escapan a la propia filosofía y para los que el lenguaje tuvo que inventar la poesía y en algunos casos sacarlos a la escena para hacernos vibrar, para entender no solo con la palabra, sino con la imagen, con la expresión y con la música aquello que late en el corazón de nosotros mismos y de lo que es muy difícil conversar.

Fue necesario que los griegos inventaran el teatro para comprender el sufrimiento de Orestes, ver cómo se retorcía abatido por las torturas a las que era sometido por las Eríneas de su propia conciencia, expresión arquetípica de sus remordimientos, ver a ese hombre allí, semidesnudo, arrojado a las garras de un destino incierto, resultaba más elocuente que diez horas de literatura clásica en un aula. El enfrentamiento entre lo nuevo y lo viejo, entre la venganza atávica y la luz de la justicia encarnada en figuras divinas que anunciaban un nuevo orden. La expiación, y el perdón como salvación personal, ideas eternas que no pasan de moda, tan actuales hoy como lo eran hace más de dos mil años. Bastaba esa obra, esa imagen entre el azul del cielo y el mar, entre las arenosas dunas y las verdes montañas para comprender, para entender por qué aún después de esas decenas de siglos seguimos estudiando latín y griego, seguimos leyendo a los clásicos. Porque ellos supieron traducir en gestos y palabras la esencia del ser humano, y porque como ellos necesitamos de esas palabras y esas imágenes para comprender y comprendernos.

Por todo ello Baelo Claudia no fue una actividad más, como no lo es ninguna excursión, actividad extraescolar, o mal llamada actividad “complementaria”, porque la cultura y el conocimiento hay que vivirlos para que adquieran significado, y porque en definitiva, muchas veces, lo complementario es lo que hacemos en el aula.


Departamento de Geografía e Historia.

A. Fabián Jiménez

 

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Químico francés. 1822 - 1895
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